Sambelli me cayó mal, de entrada. Tenía ojos ansiosos, hipertrofiados por la miopía y, como descubrí tras un hábil interrogatorio, la ingestión de sustancias tóxicas. Era, para mi gusto, de estatura más bien baja, un poco grueso y procuraba disimular la incipiente calvicie cortando su cabello casi al ras, a la usanza de los penados de Ushuaia. Su sonrisa patética y su aire general a sorpresa y fingida inocencia habrían despistado a más de un investigador, pero ya me había formado una idea general de su catadura gracias a la desinteresada colaboración del vecindario.
Fue Rita quien me puso tras su pista. Mi aparición en una doble página de una revista de actualidad había despertado la curiosidad de un periodista amigo suyo. Al parecer, pretendía escribir un libro con mis memorias.
En tiempos en que el prestigio de la institución ha caído por los suelos no me pareció una mala idea que un viejo policía relatara al gran público aleccionadoras historias de la lucha contra el crimen y, gustoso, acompañé a Rita hasta un viejo edificio no lejos de aquí, sobre la calle Defensa.
“Aquí” es Barracas. Vivo en un viejo depósito privado de todo lo que alguna vez pudo tener alguna utilidad. Lo llaman loft. Si bien incómodo, resulta mil veces preferible al geriátrico de donde me rescataron mis nietos. Rita, Marcelo y Julioscar, así se llaman.
Los jóvenes son la mejor compañía que puede desear un viejo. Y viceversa. Ellos son capaces de abrevar de mis conocimientos y larga experiencia, y yo me mantengo activo. Además, cuesta poco estar a la moda: fíjense que el último grito es liar cigarrillos a mano ¡cómo en la década del veinte!
En el geriátrico, en cambio, todo me hacía sentir fuera de lugar. Desde la insistencia de una estúpida mucama en llamarme “Nono” hasta doña Felita Ibarlucea, la única residente que me dirigía la palabra, pero que aunaba dos condiciones básicamente contradictorias: la ninfomanía, que le venía desde antiguo, y un ya más reciente descontrol de los esfínteres.
Grande fue mi sorpresa, apenas llegado al geriátrico, de encontrarme con el legendario comisario Requena, a quien una hemiplejia había postrado en una silla de ruedas. La mitad izquierda de su cuerpo parecía hecha de cartón y la mueca despectiva de su boca se había vuelto más acentuada.
Desde un primer momento fingió desconocerme. Mantenía un terco mutismo cada vez que me sentaba a su lado a recordar viejos casos y revivir antiguas hazañas policiales. Pero en una oportunidad, a la hora del almuerzo, cuando la conversación había derivado en un patético catálogo de enfermedades y yo comenzaba a sentirme un poquitín hipocondríaco, me decidí animar la velada y levantar el estado de ánimo general con el relato de alguna anécdota jocosa del servicio.
–¿Se acuerda comisario –dije– de cuando viajó a Entre Ríos acompañado del travesti René? Compartieron el mismo camarote ¿verdad?
Todas las cabezas se volvieron hacia Requena. Hubo en sus ojos un destello de alarma y quiso huir, pero impulsada únicamente por su mano derecha, la silla de ruedas comenzó a girar en círculos derribando sillas y a cuanto residente se interpusiera en su loco camino.
–Belodudi, belodudi –farfulló antes de derrapar sobre la señora Ibarlucea, quien, confundida por la situación, prorrumpió en los característicos estertores del orgasmo y tuvo un denigrante percance biológico.
Por alguna razón el comisario se rehusaba a hablar del caso de Juan Romero Medina, el único auténtico serial killer de que se tenga memoria en estas latitudes.
No pasa año sin que la prensa norteamericana o británica revele la proeza de algún psicópata que ha dedicado los mejores esfuerzos de su vida a despanzurrar a sus vecinos en número suficiente como para justificar una primera plana. Son los serial killers, o asesinos en serie.
No debe confundírselos, bajo ningún concepto, con los asesinos en masa, ya que su carácter distintivo no radica en la cantidad –si bien cuenta– sino en la calidad.
Hablamos de los crímenes, no la de las víctimas. Estas pueden ser de cualquier clase –social, cultural, étnica, religiosa, sexual– siempre y cuando reconozcan una característica común.
Existe una gran selectividad en el serial killer y, más importante aun, una ritualidad. Un asesino en serie no mata un día con un cuchillo, otro con una pistola y, eventualmente, mediante una granada de fragmentación. De ser éste el caso, nos encontraríamos frente a un asesino a secas. O dos, sino, directamente, tres homicidas diferentes. Es difícil, por otra parte, que el de la granada cuaje en la categoría de serial, aunque no imposible. Si todas sus víctimas reconocen características comunes y, lo más importante, han sido eliminadas de a una por vez, quizá, pero sólo quizá, estemos en presencia de un serial killer. Puede tratarse también de una casualidad.
No conozco otro modo de calificar al hecho de que una granada de fragmentación mate una sola persona.
Una granada de fragmentación dificulta enormemente las cosas, para todos. En primer lugar, para el serial killer. También, desde luego, para el forense. Pero, más que nada, supone una enorme complicación para los investigadores, quienes deben vérselas con demasiados casos de conducta desviada como para encima tener que dilucidar si diez restos despedazados, en diez sitios distintos, que pertenecen a diez personas diferentes, constituyen una casualidad o la obra de un asesino serial.
Toda investigación comienza, desde ya, con un análisis. Esto es: dividir un fenómeno en la mayor cantidad de partes. Si bien el efecto puede ser similar al que se obtiene mediante la granada de fragmentación, no debe confundírselos, pues es preciso, con posterioridad, estar en condiciones de volver a reunir los fragmentos. Todo esto nos lleva a desechar, prima facie, cualquier homicidio perpetrado mediante granada de fragmentación –o instrumento semejante, a saber, bomba de fósforo, amonal, TNT– como obra de un asesino serial. Desde ya, razones burocráticas impiden derivarlo a Robos y Hurtos –lo que simplificaría enormemente la tarea– pero sería aconsejable que nuestro investigador tuviera el tino de adjudicar dichos crímenes a un homicida en masa o a cualquier otro inadaptado.
Aunque parezca contradictorio, el auténtico asesino serial no es en absoluto serial, no cae en estereotipos y la mayoría de las veces, como suele ocurrir a los verdaderos artistas, permanece en el anonimato.
La mayor parte de los llamados serial killers son meros artesanos del homicidio, aunque no debe descartarse que, eventualmente, el ansia de notoriedad lleve a un artista a repetir hasta el aburrimiento alguno de sus éxitos. De ahí en más, es sólo cuestión de tiempo que caiga en manos de la justicia.
En ese sentido, el caso de Juan Romero Medina resulte tal vez paradigmático.
El verdadero nombre de Juan Romero Medina era Stephen Barrymore III y al momento de nuestro encuentro oficiaba de cura párroco en Ingeniero Sajaroff, una colonia judía en el centro de Entre Ríos, diez leguas al este de Villaguay. Esto debería haber despertado mis sospechas pero, en primer lugar, ignoraba la verdadera identidad del cura. Y, no menos importante: demoré tres meses en comprender que no se trataba de una colonia penal para criminales judíos.
Es comprensible: de un día para el otro, luego de un fugaz intercambio de ideas con el comisario Requena, yo había pasado de la seccional Balvanera Sur de la Federal a revistar en comisión y por tiempo indeterminado en el cuerpo de policía montada de la provincia.
Me encontraba en un mundo diferente, aunque algunas cosas no habían cambiado. Por ejemplo, al igual que le ocurría al comisario Requena, también ahí nadie parecía capaz de pronunciar correctamente mi apellido, lo que en principio me provocaba estupor, luego una cierta inquietud y al cabo de un tiempo acabó por llenarme de confusión.
Si bien es cierto que en ese entonces la provincia era una Torre de Babel, ni siquiera un japonés gangoso puede tener alguna dificultad en decir “Petorutti” de un modo más o menos comprensible. Mucho menos debería haberla tenido el sargento Florindo Esquivel, a cargo del destacamento, casado con una italiana Moneda. O Monetta. Creo que Esquivel tampoco supo nunca muy bien el apellido de su esposa, a quien llamaba La Gringa. No yo, desde luego. En las contadas ocasiones que tuvimos oportunidad de intercambiar unas palabras siempre me dirigí a ella con un respetuoso “Señora Esquivel”.
Daba igual: la Gringa me miraba con el desconcierto de un egiptólogo extraviado en Tahití para de inmediato prorrumpir en una seguidilla de interjecciones, onomatopeyas y regüeldos cuya única voz reconocible era “pedoturi”. Como generalmente iba precedida de “grazie signore” no debía esforzarme gran cosa para comprender que esa era la versión italiana de mi apellido
Porqué “pedoturi” podía llegar a ser la versión una italiana de “Petorutti” sigue siendo para mí un misterio todavía más insondable que las razones que llevaron a Stephen Barrymore III a erigir una capilla católica en Ingeniero Sajaroff.
Fue Rita quien me puso tras su pista. Mi aparición en una doble página de una revista de actualidad había despertado la curiosidad de un periodista amigo suyo. Al parecer, pretendía escribir un libro con mis memorias.
En tiempos en que el prestigio de la institución ha caído por los suelos no me pareció una mala idea que un viejo policía relatara al gran público aleccionadoras historias de la lucha contra el crimen y, gustoso, acompañé a Rita hasta un viejo edificio no lejos de aquí, sobre la calle Defensa.
“Aquí” es Barracas. Vivo en un viejo depósito privado de todo lo que alguna vez pudo tener alguna utilidad. Lo llaman loft. Si bien incómodo, resulta mil veces preferible al geriátrico de donde me rescataron mis nietos. Rita, Marcelo y Julioscar, así se llaman.
Los jóvenes son la mejor compañía que puede desear un viejo. Y viceversa. Ellos son capaces de abrevar de mis conocimientos y larga experiencia, y yo me mantengo activo. Además, cuesta poco estar a la moda: fíjense que el último grito es liar cigarrillos a mano ¡cómo en la década del veinte!
En el geriátrico, en cambio, todo me hacía sentir fuera de lugar. Desde la insistencia de una estúpida mucama en llamarme “Nono” hasta doña Felita Ibarlucea, la única residente que me dirigía la palabra, pero que aunaba dos condiciones básicamente contradictorias: la ninfomanía, que le venía desde antiguo, y un ya más reciente descontrol de los esfínteres.
Grande fue mi sorpresa, apenas llegado al geriátrico, de encontrarme con el legendario comisario Requena, a quien una hemiplejia había postrado en una silla de ruedas. La mitad izquierda de su cuerpo parecía hecha de cartón y la mueca despectiva de su boca se había vuelto más acentuada.
Desde un primer momento fingió desconocerme. Mantenía un terco mutismo cada vez que me sentaba a su lado a recordar viejos casos y revivir antiguas hazañas policiales. Pero en una oportunidad, a la hora del almuerzo, cuando la conversación había derivado en un patético catálogo de enfermedades y yo comenzaba a sentirme un poquitín hipocondríaco, me decidí animar la velada y levantar el estado de ánimo general con el relato de alguna anécdota jocosa del servicio.
–¿Se acuerda comisario –dije– de cuando viajó a Entre Ríos acompañado del travesti René? Compartieron el mismo camarote ¿verdad?
Todas las cabezas se volvieron hacia Requena. Hubo en sus ojos un destello de alarma y quiso huir, pero impulsada únicamente por su mano derecha, la silla de ruedas comenzó a girar en círculos derribando sillas y a cuanto residente se interpusiera en su loco camino.
–Belodudi, belodudi –farfulló antes de derrapar sobre la señora Ibarlucea, quien, confundida por la situación, prorrumpió en los característicos estertores del orgasmo y tuvo un denigrante percance biológico.
Por alguna razón el comisario se rehusaba a hablar del caso de Juan Romero Medina, el único auténtico serial killer de que se tenga memoria en estas latitudes.
No pasa año sin que la prensa norteamericana o británica revele la proeza de algún psicópata que ha dedicado los mejores esfuerzos de su vida a despanzurrar a sus vecinos en número suficiente como para justificar una primera plana. Son los serial killers, o asesinos en serie.
No debe confundírselos, bajo ningún concepto, con los asesinos en masa, ya que su carácter distintivo no radica en la cantidad –si bien cuenta– sino en la calidad.
Hablamos de los crímenes, no la de las víctimas. Estas pueden ser de cualquier clase –social, cultural, étnica, religiosa, sexual– siempre y cuando reconozcan una característica común.
Existe una gran selectividad en el serial killer y, más importante aun, una ritualidad. Un asesino en serie no mata un día con un cuchillo, otro con una pistola y, eventualmente, mediante una granada de fragmentación. De ser éste el caso, nos encontraríamos frente a un asesino a secas. O dos, sino, directamente, tres homicidas diferentes. Es difícil, por otra parte, que el de la granada cuaje en la categoría de serial, aunque no imposible. Si todas sus víctimas reconocen características comunes y, lo más importante, han sido eliminadas de a una por vez, quizá, pero sólo quizá, estemos en presencia de un serial killer. Puede tratarse también de una casualidad.
No conozco otro modo de calificar al hecho de que una granada de fragmentación mate una sola persona.
Una granada de fragmentación dificulta enormemente las cosas, para todos. En primer lugar, para el serial killer. También, desde luego, para el forense. Pero, más que nada, supone una enorme complicación para los investigadores, quienes deben vérselas con demasiados casos de conducta desviada como para encima tener que dilucidar si diez restos despedazados, en diez sitios distintos, que pertenecen a diez personas diferentes, constituyen una casualidad o la obra de un asesino serial.
Toda investigación comienza, desde ya, con un análisis. Esto es: dividir un fenómeno en la mayor cantidad de partes. Si bien el efecto puede ser similar al que se obtiene mediante la granada de fragmentación, no debe confundírselos, pues es preciso, con posterioridad, estar en condiciones de volver a reunir los fragmentos. Todo esto nos lleva a desechar, prima facie, cualquier homicidio perpetrado mediante granada de fragmentación –o instrumento semejante, a saber, bomba de fósforo, amonal, TNT– como obra de un asesino serial. Desde ya, razones burocráticas impiden derivarlo a Robos y Hurtos –lo que simplificaría enormemente la tarea– pero sería aconsejable que nuestro investigador tuviera el tino de adjudicar dichos crímenes a un homicida en masa o a cualquier otro inadaptado.
Aunque parezca contradictorio, el auténtico asesino serial no es en absoluto serial, no cae en estereotipos y la mayoría de las veces, como suele ocurrir a los verdaderos artistas, permanece en el anonimato.
La mayor parte de los llamados serial killers son meros artesanos del homicidio, aunque no debe descartarse que, eventualmente, el ansia de notoriedad lleve a un artista a repetir hasta el aburrimiento alguno de sus éxitos. De ahí en más, es sólo cuestión de tiempo que caiga en manos de la justicia.
En ese sentido, el caso de Juan Romero Medina resulte tal vez paradigmático.
El verdadero nombre de Juan Romero Medina era Stephen Barrymore III y al momento de nuestro encuentro oficiaba de cura párroco en Ingeniero Sajaroff, una colonia judía en el centro de Entre Ríos, diez leguas al este de Villaguay. Esto debería haber despertado mis sospechas pero, en primer lugar, ignoraba la verdadera identidad del cura. Y, no menos importante: demoré tres meses en comprender que no se trataba de una colonia penal para criminales judíos.
Es comprensible: de un día para el otro, luego de un fugaz intercambio de ideas con el comisario Requena, yo había pasado de la seccional Balvanera Sur de la Federal a revistar en comisión y por tiempo indeterminado en el cuerpo de policía montada de la provincia.
Me encontraba en un mundo diferente, aunque algunas cosas no habían cambiado. Por ejemplo, al igual que le ocurría al comisario Requena, también ahí nadie parecía capaz de pronunciar correctamente mi apellido, lo que en principio me provocaba estupor, luego una cierta inquietud y al cabo de un tiempo acabó por llenarme de confusión.
Si bien es cierto que en ese entonces la provincia era una Torre de Babel, ni siquiera un japonés gangoso puede tener alguna dificultad en decir “Petorutti” de un modo más o menos comprensible. Mucho menos debería haberla tenido el sargento Florindo Esquivel, a cargo del destacamento, casado con una italiana Moneda. O Monetta. Creo que Esquivel tampoco supo nunca muy bien el apellido de su esposa, a quien llamaba La Gringa. No yo, desde luego. En las contadas ocasiones que tuvimos oportunidad de intercambiar unas palabras siempre me dirigí a ella con un respetuoso “Señora Esquivel”.
Daba igual: la Gringa me miraba con el desconcierto de un egiptólogo extraviado en Tahití para de inmediato prorrumpir en una seguidilla de interjecciones, onomatopeyas y regüeldos cuya única voz reconocible era “pedoturi”. Como generalmente iba precedida de “grazie signore” no debía esforzarme gran cosa para comprender que esa era la versión italiana de mi apellido
Porqué “pedoturi” podía llegar a ser la versión una italiana de “Petorutti” sigue siendo para mí un misterio todavía más insondable que las razones que llevaron a Stephen Barrymore III a erigir una capilla católica en Ingeniero Sajaroff.


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